Desde el día en que nacemos comenzamos a producir una serie de desechos y así es como generamos una demanda de consumo de todo tipo al mismo tiempo en que producimos basura. Iniciamos con los pañales, los botes de leche, los biberones, los juguetes, las loncheras, la plastilina, los crayones. Seguimos con nuestras envolturas del lunch, nuestras fiestas infantiles, las envolturas de regalo, los disfraces, los proyectos escolares, los libros de cada año, los uniformes conforme aumentábamos la estatura y ¿por qué no? también la circunferencia, las huellas que dejamos en nuestros destinos vacacionales, la fogata que hicimos con amigos aquel fin de semana, la mascota a la que adoptamos y ahora hay que alimentar, bañar y en algunos casos vestir. A esto le podemos añadir los baños que tomamos a diario, la comida que consumimos, la energía que necesitamos para el óptimo funcionamiento de nuestros aparatos eléctricos y los desplazamientos que hacemos por aire, mar y tierra. A esta lista aún le hacen falta actividades propias de las etapas de nuestra vida y la descripción de actividades previas por las que tuvieron que pasar las materias primas de los productos que consumimos y sin embargo el solo leerla pudo resultar agotadora.

De acuerdo con los datos de Waste Atlas (http://www.atlas.d-waste.com/) que presenta mediante la cartografía, de manera muy ordenada y limpia, información certera de lo que vivimos actualmente en el mundo; cotejada con la información de la SEMARNAT, un mexicano genera alrededor de 300 kilos de basura al año de la cual solo el 11% se llega a reciclar. No perdamos de vista que los desechos se clasifican principalmente en cuatro grupos: orgánicos, inorgánicos, no reciclables y manejo especial.
Hace un tiempo, tuve que visitar a un médico y realicé un ejercicio muy interesante junto con él. El ejercicio consistía en supervisar activamente todos y cada uno de los alimentos que consumía durante el día. Estos tenían que ser ricos en vitaminas y no en calorías vacías, debía de poner todo lo que estuviera fuera de mi programa de alimentación en bolsas de plástico transparentes así que antes de comerme esas galletas, cacahuates, chicles y todo lo que estuviera fuera de mi programa de alimentación pero que continuamente aparecían en mis juntas de trabajo me detenía un momento, respiraba y lo guardaba en la bolsita. Al final de la semana era increíble todo lo que había recolectado durante esos días. Era irreal la cantidad de comida que había acumulado, pero aún más increíble era la cantidad de envolturas que, cada una de las cosas dentro de esas bolsitas transparentes, contenía.

Este ejercicio me ayudó a poner en perspectiva todo aquello que de manera automática y compulsiva realizaba y que no me llevaba a ningún lado, por el contrario, me dejaba estancada caminando en la misma rueda de hámster a la que había estado acostumbrada durante años. Esta historia personal es un ejemplo en categoría micro, pero en categoría macro, serían todas aquellas acciones que realizamos a diario los millones de habitantes del mundo y que generamos una huella de desechos impresionante he ahí la importancia de reciclar, concientizar, reutilizar y darle una segunda vida a lo que pueda seguir siendo utilizado pese al cambio de dueño.

El poder de las acciones conscientes, el empeño en ser un mejor ciudadano y de la autodisciplina es impresionante, hace que cosas muy buenas nos sucedan y nos acompañen durante años.
Hoy puedo decir que tengo una vida más consciente, equilibrada y feliz que espero seguir conservando muchos años más.
El mejorar nuestro estilo y ritmo de vida también tiene que ver con el entorno en el que convivimos y el darnos cuenta de que los recursos naturales son limitados ¿Qué acciones estás dispuesto a realizar para llevar una vida con más conciencia y que además sea sostenible?

 

Redactado por:

Arq. Andrea Carrera